Escucha tu cuerpo con cariño: Elige lo que te nutre sin agobiar, lo que te da energía sin pesadez. Frutas frescas, semillas, panes artesanales… alimentos que abrazan.
Prefiere lo local y lo de temporada: Una parcha de aquí, un guineo maduro, un pedacito de queso del país. Menos transporte, más sabor, más conexión.
Evita envolturas innecesarias: Lleva tu merienda en servilleta de tela, frasco reutilizable o hoja de plátano. Cada empaque que evitamos es un regalo para la tierra.
Elige ingredientes con historia justa: Si compras chocolate, café o nueces, busca que sean de comercio justo. Que la merienda no venga cargada de injusticia.
Piensa en el agua y la energía que usas: ¿Puedes preparar algo sin cocinar? ¿Puedes usar lo que ya tienes en casa? La merienda también puede ser creativa y sencilla.
Comparte cuando puedas: Una merienda compartida reduce desperdicio, multiplica afecto y enseña a cuidar en comunidad.
Hazlo ritual, no rutina: Que cada merienda sea un momento de gratitud, conexión y conciencia. Así cuidamos el cuerpo, el alma y el planeta.