La merienda compartida es como una canción a dos voces:
Se llena de risas, gestos, miradas.
El alimento se convierte en puente, en juego, en ritual de afecto.
Hay intercambio: de historias, de sabores, de silencios cómodos.
El cuerpo se nutre, pero también el vínculo.
La merienda solitaria es como una carta sin destinatario:
Puede ser refugio, pausa, consuelo.
El sabor se vuelve más íntimo, más lento.
A veces duele, a veces sana.
Es espacio para escucharse, para recordar, para imaginar compañía.
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