La abuela que pelaba la fruta con paciencia, mientras cantaba boleros en la cocina. Cada pedazo tenía su ritmo, su cariño, su historia.
El recreo con amigos, donde el intercambio de galletas era también un intercambio de secretos, risas y promesas.
El pan con mantequilla después de la escuela, que sabía a consuelo, a rutina segura, a “todo va a estar bien”.
La merienda en la playa, con arena en los dedos y jugo de parcha en vaso plástico. El sabor mezclado con brisa y carcajadas.
El bizcocho escondido en la lonchera, preparado por alguien que te conoce sin que lo digas. Un gesto silencioso de amor.
La merienda compartida en silencio, cuando no había palabras, pero sí un pedazo de queso partido en dos.
La fruta robada del árbol del vecino, que sabía a travesura, a infancia libre, a verano sin zapatos.
La merienda que no llegó, y que enseñó a valorar el gesto, el cuidado, la presencia.
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